“El cuerpo se forma en anticipación al fin que sirve, asume una forma; una forma para trabajar, para luchar, para sentir, así como una forma para amar.”
Victor E. von Gebsatel
Todo lo que está vivo tiene movimiento: se expande, se contrae, se alarga, se acorta, se hincha y encoge, bombea, pulsa, coge para sí, rechaza, se defiende, se adapta, cambia de dirección, tiene ritmo, vibración, pálpito.
Toda vida implica movimiento, y cada movimiento contiene un proceso organizador, una propiedad innata fundamental que se halla en todo lo vivo. Todo lo vivo busca establecer y mantener un orden. Todo lo vivo cambia de forma.
S. Keleman nos dice que “embriológicamente hay un proceso que guía el desarrollo de dos células inicialmente unidas mientras crecen hasta llegar a los trillones de células. Este proceso tiene reglas y procedimientos definidos.” Este orden explicaría “cómo una sola célula ya posee todos los componentes de expansión y contracción; cómo se organiza el espacio interno; cómo una célula origina inflamación y encogimiento; cómo una célula crea toda una serie de células y la organización de un tubo o conducto; cómo un tubo se convierte en dos y éstos dos en tres.
La motilidad tubular determina la forma de cada persona y le proporciona su sentimiento básico de identidad. Un tubo rígido conduce a la inflexibilidad y a sentimientos de crítica excesiva y de temor al colapso. Un tubo denso origina poco movimiento y miedo a estallar; un tubo hinchado crea una falta de identidad; y un tubo vacío produce sentimientos de anhelo intenso y miedo a autoafirmarse.”
Convertirse en adulto supone algo más que una proliferación de células. Si bien tenemos un cuerpo genético que nos viene dado, nosotros también formamos ese cuerpo con nuestras decisiones y experiencias. Keleman, en sus obras, nos hace reflexionar acerca de nuestra identidad somática.
Algo muy habitual en las clases de Pilates o en la consulta de osteopatía es la frase: “tengo mala postura”. Para empezar, podríamos decir que esta “mala postura” surge de la comparación con una “buena postura”. Si bien hay casos claros de patrones que alteran nuestro equilibrio, la postura sería una consecuencia de la organización interna y externa, en la que se incluyen las respuestas del sistema nervioso, las respuestas celulares, orgánicas, musculares, articulares y bioquímicas; pero también somos resultado de nuestros sueños, gustos, historias personales, creencias y vivencias emocionales con los otros y con nosotros mismos.
Podríamos decir que “mi postura” finalmente es una historia. Una historia que he aprendido a ser, que me ha atrapado a veces, que en ocasiones he desafiado, que resume los procesos internos y externos con los que me he relacionado, pero también explica cómo me he relacionado con esos procesos.
El resultado es una construcción material y psicológica, una forma que es sólo mía y que me otorga un lugar en el mundo. Esta postura visible desvela lo invisible que hay en mí y que me hace ser quien soy.
Y ese ser quien soy, ¿cómo se formó? ¿De qué manera me cuento la misma historia y me alimento de ella una y otra vez? ¿Cómo puedo mirarme con otros ojos y cómo puedo contarme otras historias que cambien lo invisible en mí?
“Al final de la vida somos la historia que hemos hecho carne.”
S. Keleman